Este fin de semana estoy feliz. Llevaba ya un par de meses con Windows 7 instalado en el portátil. Fue para comprobar las mejoras que Microsoft había realizado conforme al Vista, el cual me vino por defecto cuando compré el VAIO hace unos años.
El caso es que he andado a gusto con 7 pero mi VAIO había perdido unas cuantas características con el botón Fn. Hablo de la iluminación de la pantalla y el consumo de batería que si antes ya andaba mal, ahora se fulminaba todo en hora y media como mucho. También he terminado desquiciado con tanta actualización “importante” de Windows. Por eso desde hace una semana tenía en mente un formateo completo y una reinstalación del SO, en un principio Vista.
Ayer al final se me cruzó el cable y me dije “voy a instalar Ubuntu“. Descargué la última versión (9.10 Karmic Koala) y comencé con los primeros problemas. No sé como (quizás porque estaba en modo multitarea) pero tardé dos horas y tres CDs en conseguir que al final el portátil reiniciase con el Live CD.
En un principio instalé una pequeña partición porque en anteriores ocasiones no conseguía una simbiosis decente con Ubuntu y terminaba desinstalándolo a los pocos días. El crear la nueva partición le costó una eternidad. Cuando vi en el escritorio de Ubuntu el icono del wifi me froté las manos. Dí mis primeros pasitos en la instalación de software adicional como AdobeAIR, Dropbox, Skype y otras cosillas. A la hora ya estaba formateando el disco duro y reinstalando Ubuntu en todo el disco duro del portátil.
Y aquí estoy en Ubuntu, posteando esta entrada con Bilbo Blogger, twitteando con TweetDeck y viendo series con Boxee. Estoy más feliz que un niño con juguete nuevo.
Tengo que decir que soy un completo novato con linux y que hasta ahora no la he liado. Es el comienzo de una nueva relación.

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